Educación y Derechos Humanos ante los desafíos del siglo XXI
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Luis Pérez Aguirre
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La razón no puede prosperar sin esperanza,
ni la esperanza expresarse sin razón
(Ernst Bloch)
Si me permiten, antes de hablar de educación y derechos humanos, voy a comenzar poniendo
mis pies en una realidad que nos desafía en este fin de milenio y desde la que todo lo demás se
valida o invalida, ustedes dirán. Para ello es bueno que vayamos situando la educación para los
derechos humanos ante dos informaciones aparentemente banales en el fárrago de datos que hoy
día, por abrumador, nos dejan en la más chocante e insoportable de las indiferencias.
En este momento las 225 personas más ricas del mundo tienen unas fortunas que superan el
billón (millón de millones) de dólares, es decir, lo mismo que el ingreso anual de 2500 millones de seres humanos, el 47% de la población mundial. Sólo tres de esos ultrarricos suman unos activos superiores al PIB de los 48 países menos desarrollados y el PIB de China (1200 millones de habitantes) es superado con el capital de las 84 primeras fortunas del mundo1.
El PNUD estima que con el 4% de la fortuna de los ultrarricos (44.000 millones de dólares) se
podría lograr y mantener el acceso universal a la enseñanza básica para todos, a la atención sanitaria, a los medios de salud reproductiva para las mujeres, alimentación suficiente y agua potable, junto a saneamientos básicos para todo el mundo. Y no es mucho pedir. Es lo que en Estados Unidos se gasta en cosméticos en un año…
Algo repugna… algo indigna y revuelve las entrañas ante este panorama. No se puede seguir
siendo humanos si nos gana la indiferencia después de haber sido enterados de esas realidades. En la famosa Tesis XI sobre Ludwig Fuerbach, Karl Marx decía que hasta ahora “los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”.
En estas circunstancias que demandan urgentes cambios podemos coincidir plenamente con dicha
afirmación. Quizás habría que encarar también lo que Marx silenciaba en su formulación. Y “lo que silenciaba -dice Adela Cortina- es que toda transformación social, toda transformación del mundo que pretende mejorarlo, necesita tomar como base una buena concepción de la realidad porque, si no, el resultado puede ser catastrófico. Lo que silenciaba es que no hay mejor praxis que una buena teoría, no hay mejor forma de encauzar la acción de transformación social que la de elaborar un buen marco teórico desde el que llevarla a cabo”2. En eso estamos aquí.
Educación y Derechos Humanos ante los desafíos del siglo XXI
Luis Pérez Aguirre
1 Informe sobre Desarrollo humano 1998, realizado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD)
2 CORTINA, Adela, En el centenario de Xavier Zubirí, Vida Nueva, Madrid, 9 de enero de 1999, p. 31.
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De paso, yo me pregunto -y les pregunto-, aunque no seamos miembros de ese club de
privilegiados de la globalización, ¿no podríamos nosotros también vivir con el 96% de lo que
poseemos para comenzar a mostrar que es posible hacer este mundo mínimamente habitable?
El gran Inquisidor
Estupefacto ante las razones de la sinrazón del panorama descrito recién, me vino a la mente
un escalofriante relato de Viliers de L’Isle-Adam3 cuando narra la encarcelación del rabino aragonés Abarbanel, quien luego de interminables meses de tortura en las mazmorras de la Inquisición, es visitado un día en la celda por el Gran Inquisidor, Pedro Argüés. Apenas traspasada la puerta, éste ordena que lo desencadenen, lo abraza y le dice: “Hijo mío, alégrate. Tus trabajos van a tener fin. Si en presencia de tanta obstinación me he resignado a permitir el empleo de tantos rigores, mi tarea fraternal de corrección tiene límites. Sólo a Dios toca determinar lo que ha de suceder a tu alma...
Mañana vas a participar en el auto de fe (...), cuya brasa premonitoria del fuego eternal no quema, ya lo sabes, más que a distancia, hijo mío. La muerte tarda por lo menos dos horas, a menudo tres, en venir, a causa de las envolturas mojadas y heladas con las que preservamos la frente y el corazón de los holocaustos. Seréis sólo cuarenta y dos. Considera que, colocado en la última fila, tienes el tiempo necesario para invocar a Dios, para ofrecerle este bautismo de fuego, que es el del Espíritu Santo. Confía, pues, en la luz y duerme”.
Cuando el Gran Inquisidor y su séquito abandonaron la celda, Abarbanel observó, entre aturdido
y alegre, que la puerta había quedado mal cerrada. Agitado por una fuerza irresistible, inició su fuga aun a sabiendas de que si era descubierto sería sometido a horrendas torturas y a una muerte sin piedad. Sin embargo emprendió el intento. Vagó durante horas por interminables pasillos y laberintos.
En varias ocasiones estuvo a punto de ser descubierto y otras tantas al límite de volver a su mazmorra.
Pero la esperanza lo mantuvo en todo momento. Por fin llegó a la puerta que daba al jardín y que, a
su vez, daba paso al poblado que atravesándolo le permitiría llegar hasta la sierra donde podría
esconderse y poner fin a sus tormentos.
Exhausto, levantó los ojos al cielo y extendió los brazos para bendecir a su Dios que le
concedía tal gracia. En ese momento, fuera de si, sintió que le volvían a abrazar y escuchó la voz del Gran Inquisidor que, apenado, le decía al oído: “¡Cómo, hijo mío! ¿En vísperas, tal vez, de la salvación querías abandonarnos?” El rabino comprendió en ese instante que ¡la esperanza formaba parte del tormento!
Este relato pone en evidencia con toda crudeza la veracidad del binomio blochiano esperanza/
razón citado en nuestro encabezamiento y señala la interdependencia entre ambas realidades. Ellas no pueden separarse como el agua y la sal que hacen posible el mar. Si en este fin de siglo mucho se ha insistido en los desafueros de la razón, poco hemos reparado en las cegueras de la esperanza.
Esperanza que en este caso se puede tornar solipsista y autosuficiente, desprovista de razón y
rebosante de engaños, que pretende poner punto final al tormento de unos humanos que no llegan a
captar la verdad del mar de injusticia en el que nadan sin destino cierto y se ahogan irremediablemente en la ausencia de valores. Despropósito mayúsculo también el esperar que dicha situación se modificará sin el esfuerzo mancomunado de todos por conocerla bien para poner luego los medios esperanzados eficaces que la puedan transformar.
1 Alejandro Matos, lo rescata y emplea en la actual realidad conflictiva paraguaya. Ver: La Esperanza sin razón, Acción, 168
(1996) 34-36
Luis Pérez Aguirre
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Tenía que empezar por decir esto porque es enorme el peligro de que terminemos todos inflados
aquí de irresponsable e inútil fantasía y perdamos irremediablemente el tiempo y la compostura de educadores y luchadores por los derechos humanos.
El mesianismo político de muchos que han salido en estos días a decir que el mercado está
preñado con la solución a los sufrimientos de las mayorías tanto usa y abusa de las esperanzas de las víctimas, cuanto esconde el vacío racional de sus propuestas.
Los que altaneramente hoy se consideran salvapatrias a la sombra de la globalización, como
el Gran Inquisidor del relato, echan sal en las heridas de las víctimas que más duelen: es decir, en las razones de la esperanza que ellas tienen para intentar sobrevivir.
Cada vez que un político, un clérigo o un educador juega con el dolor de los demás y ofrece
lo que sabe que no es solución, está manoseando lo más sagrado que tiene la sociedad: la esperanza de que un día podríamos llegar a ser más humanos.
En el mercado de la ética: educador, ¡cuidado con perder tu alma!
En los albores de la segunda guerra mundial, hacia 1940, el derrumbe de la histórica “línea
Maginot” -que defendía la frontera francesa con toneladas de cemento y “bunkers”- puso de relieve la mayor eficacia del aparato económico-militar nazi frente a todos los planes militares galos. Pero también mostró la mayor inmoralidad que anidaba en la entraña de esa eficacia económica y militar.
Y, cosa que más llama la atención porque nadie lo veía entonces, la opinión mayoritaria y triunfante en Francia se fue alineando en ese momento con los invasores... Contra esos invasores un pequeño grupo de cristianos fundó, a las apuradas y casi desesperadamente, la revista Témoignage Chrétien,
cuyo primer número -vilipendiado apenas apareció un día de noviembre de 1941- llevaba como
título: “Francia, ¡cuidado con perder tu alma!” El editorial lo firmaba el legendario Gaston Fessard.
Cabe preguntarnos -más allá del asombro ante un hecho de esas características- ¿cómo llegó
a ser la opinión triunfante y casi general en todo un pueblo la oposición a lo que representaba
Fessard?
Traigo a colación esta anécdota de otro momento histórico y de otras latitudes porque en los
finales de este milenio es imperioso preguntarnos por la opinión generalizada y triunfante en
nuestro tiempo, por eso que se ha llamado el “pensamiento único”. ¿Cuáles son sus valores? A
dónde apuntan sus sistemas educativos, sus supuestos pedagógicos. ¿Coinciden esos valores con el
discurso político? ¿Qué espera el pueblo del futuro inmediato y a dónde pretende llegar con sus
esfuerzos? No preguntarnos esto puede tener consecuencias terribles, como las tuvo para Francia
en aquel momento.
Para responder a esos interrogantes, para conocer cuáles son esos valores o “productos” que
quiere la gente, los entendidos en opinión pública nos dirán que más que recurrir a encuestas,
bastaría con ponerlos en el mercado, es decir, ponerlos en venta y averiguar cuánto está dispuesta a pagar la gente por ellos.
Ante este simplismo conviene tener presente a aquel conspicuo personaje de Oscar Wilde que
distinguía entre valor y precio en su célebre definición de cínico: “Cínico es el que conoce el precio de todas las cosas y el valor de ninguna”. Wilde apuntaba a distinguir entre los valores que asigna el mercado y los valores reales de las cosas. Ello es aún más claro cuando los productos son “mercancías” inmateriales que en última instancia, como el cariño, no podrán comprarse ni venderse.
La gente tiene suficiente sabiduría para distinguir entre el valor de una cosa y su precio.
Entiende que valor y precio no son lo mismo. Sin embargo, algunos técnicos siguen insistiendo contozuda mentalidad mecanicista que para averiguar el grado de aprecio que tiene algo en la población basta con hacer pagar a la gente por ello.
En el plano de lo político, “el sistema democrático que tenemos -decía Winston Churchil- es
el más imperfecto y malo, exceptuando todos los demás”. Una de las grandezas de la democracia
consiste en ir más allá de la mente mecánica y reconocer la esperanza popular, aunque ese
reconocimiento tenga el precio de hacerla menos “eficaz”, más lenta, más vulnerable, pero también más humana. Esto es algo de tal importancia que no deberíamos pasarlo por alto en momentos en que todos parecemos lanzarnos a la carrera de la competitividad, de la reconversión empresarial y a zambullirnos en el macromercado.
La verdadera democracia supone luchar y empeñarse en lo cotidiano, desde la debilidad de la
grandeza moral, para que el mercantilismo no avasalle. Sólo en una democracia así hasta la oposición y el enemigo tienen sus derechos y su dignidad salvaguardadas.
Pero en la economía de mercado parece que nada de esto vale, allí sólo se lucha desde la
fuerza de la codicia. Allí no atender a la máxima competitividad y eficacia, al máximo de rendimiento y rentabilidad, sería convertirse en alguien completamente ruinoso.
Al menos nos queda el consuelo de que este discurso hoy es menos hipócrita que el de los
tiempos de la guerra fría, porque ahora los economistas del capital triunfante sobre los “socialismos reales” lo dicen sin pelos en la lengua. Pero ese no poder ganarle una tajada a la hipocresía (en la medida en que, como dijo alguno, la hipocresía es el homenaje del vicio a la virtud) se debe a que la generosidad le ha dejado el campo libre, se ha visto despreciada valoralmente tanto en el campo de la economía y de la convivencia como en el de la educación......
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